En los recovecos del silencio que solo escucha la memoria, duerme el tiempo. No hay palabras capaces de reconstruir los espacios robados. Nada recompone las paredes recién encaladas con repisas de teja en las ventanas y macetas asomadas de geranios, disputándose el cielo. Con un cubo de agua sacada del pozo, se regaba el patio y los umbrales de la casa para que las gruesas piedras enlosadas guardaran el fresco al ponerse el sol. De las callejas subía embriagadora el aroma a limos de los huertos y en la cal abierta de los voladizos de los balcones, los santorrostros, le ponían sombra a la luz amarillenta del alumbrado público del Ayuntamiento. Todo pasaba despacio, sin prisa, no había premura y si los días se sucedían con olor a paja y a heno, esa era la mejor noticia. Que no pasara nada que torciera el acompasar del tiempo. Se hablaba de todo y de todos. De los mozos y mozas que llevaban "hablándose" desde hacía cinco o seis años y que tras manosearse, se "amonestarían" la próxima semana en la parroquia. Pero tenía vida la vida de los que al repique de las campanas, en la madrugada, salían de la cama para frenar el futuro y que no se quemasen los pinos ni los eucaliptos que abrasaron con sus tierras de labor, su sustento. Tenía sentido la vida sencilla de echarse una mano, de compartir quehaceres y fiestas de matanza, trasegar penas y alegrías con alambiques de aguardiente y tinajas de pitarra. Perrunillas, roscas de caña, miel y azúcar endulzaban las dulces alegrías y enderezaban en el mismo almíbar las desgracias. Nadie era más que nadie y todos con cualquier semejante, eran mucho más que dos. Claro que tenía sentido ... y razón. Por eso traicionaron por la espalda y a escondidas, en cualquier esquina la paz ignorante de estos pueblos, hartos de hartura, abandonados al capricho del señorito y a los albedríos del pregón de los terratenientes.
Y las maletas de cartón con asas encordadas y esquinas de latón, se fueron camino del tren, se asfaltaron las carreteras hasta el ferrocarril, las traviesas y los raíles se brearon en busca del pan con otro sudor. El progreso tenía prisa y hambre de sumisión. Lo que no fue pasto del fuego lo anegaron saltos y pantanos de hormigón. Había prisa y nadie quería llegar el último para que sus hijas sirvieran en una buena casa de Madrid y trabajar en la fábrica con ropa y calzado a costa del patrón, y economato en porciones enlatado para sobrevivir. Alquilaron el porvenir en pisos exprofeso, con armarios empotrados, cama turca en los pasillos, agua corriente y cisterna de techo.
Y hoy, ahora, por estas fechas, vuelven a venir los mismos y su prole al pueblo donde vieron la primera luz que les alumbra festiva, al son de un tamborilero como forasteros. Este mes de agosto tan festero tiene contradicciones como esta. No me gusta hacer fiesta de la emigración. Porque no es para tirar cohetes y menos con la que está cayendo. La gente de corazón, nunca abandona su tierra. Sus ansias de superación, sus raíces retorcidas en la tierra, las arrugas del tronco con grietas en la corteza, reivindican su coraje y la pleitesía de los que disfrutamos todos los días la tierra de la que los oportunistas mentirosos les echaron. Fueron un filón de energía amputado a la masa madre, desarraigado y explotado en demasía. Gente sumisa.
No son sus moradas en ruina, abandonadas en el tedio del tiempo. Ni la carcoma que orada los maderos, podridos por la lluvia. No son los campos sin vertedera que abra los surcos, no es el poso ausente y perenne de la memoria calcinada… Es su coraje, sus ansias, los lustros perdidos de la mejor savia, el zumo bravo de sus frentes, el sueño por domar de sus sienes, la luz, la paz, el orgullo y el amor por una tierra que a todos demanda labor y saña. Cuando termina el verano y parece que se deshace la magia, que pozo de lujuria en la tierra seca la yerba verde, tras las primeras lluvias de otoño. Que hermosura los campos con agua nueva y nueva simiente…si les vencemos!




